Por Analía Montenegro
Hoy, 1 de octubre, la Iglesia Católica celebra la festividad de Santa Teresa del Niño Jesús, también conocida como Santa Teresa de Lisieux. Esta joven carmelita descalza, nacida en Alençon, Francia, en 1873, dejó una huella imborrable en la espiritualidad cristiana a pesar de su corta vida.
Una vida de fe y devoción
Teresa Martin, su nombre de nacimiento, mostró desde muy joven una profunda vocación religiosa. A los 15 años, ingresó en el Carmelo de Lisieux, tras obtener un permiso especial del Papa León XIII, ya que la edad mínima para ingresar era de 21 años. En el convento, adoptó el nombre de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, reflejando su devoción tanto a la infancia de Cristo como a su pasión.
La ciencia del amor

Santa Teresa es conocida por su “pequeño camino” o “infancia espiritual”, una doctrina que enfatiza la humildad, la confianza absoluta en Dios y el amor en las pequeñas cosas de la vida diaria. Su autobiografía, “Historia de un Alma”, escrita bajo obediencia a sus superioras, ha sido traducida a numerosos idiomas y sigue inspirando a millones de personas en todo el mundo.
Milagros y canonización
A lo largo de su vida, Teresa experimentó numerosas pruebas, incluyendo la pérdida de su madre a una edad temprana y su propia lucha contra la tuberculosis, enfermedad que la llevó a la muerte a los 24 años, el 30 de septiembre de 1897. Sin embargo, su fe inquebrantable y su amor por Dios la convirtieron en un modelo de santidad. Fue canonizada en 1925 por el Papa Pío XI y proclamada Doctora de la Iglesia en 1997 por el Papa Juan Pablo II.
Legado y patronazgo
Santa Teresa de Lisieux es la patrona de las misiones y una de las patronas de Francia, junto a Santa Juana de Arco. Su legado perdura no solo en sus escritos, sino también en los numerosos milagros atribuidos a su intercesión. Su promesa de “dejar caer una lluvia de rosas” después de su muerte se convirtió en un símbolo de su continua presencia y ayuda espiritual.
En este día, recordamos a Santa Teresa de Lisieux no solo como una santa, sino como una guía espiritual que nos enseña a encontrar la grandeza en la simplicidad y el amor en los pequeños actos cotidianos.
Por Analía Montenegro
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