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Santa Teresa del Niño Jesús: la joven carmelita que conquistó al mundo con su “pequeño camino”

Santa Teresa del Niño Jesús, también conocida como Teresita de Lisieux, fue una joven carmelita francesa que revolucionó la espiritualidad con su “pequeño camino” de amor y sacrificio cotidiano. A los 24 años, entregó su vida a Dios con el deseo profundo de “salvar almas”, convirtiéndose en patrona de las misiones y doctora de la Iglesia.

Por Analía Montenegro | josenizzo.info

Una infancia marcada por la fe y el dolor

Thérèse Françoise Marie Martin nació en Alençon el 2 de enero de 1873 en el seno de una familia profundamente creyente. Fue la última de ocho hijos y conoció pronto el sufrimiento: tres de sus hermanos murieron en la infancia y perdió a su madre a los cuatro años. Su padre, Louis Martin, la llamaba con ternura “mi pequeña Reina de Francia y de Navarra”, aunque también “la huerfanita de la Beresina”, reflejando así el contraste de afecto y dolor que marcó sus primeros años.

A los 15 años, impulsada por una vocación precoz, pidió personalmente al Papa León XIII autorización para ingresar en el Carmelo de Lisieux. El pontífice le respondió: “Si Dios quiere, entrarás”. Y así fue: bajo el nombre de Sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, comenzó un camino de oración y entrega radical.

El “pequeño camino” hacia Dios

En una Francia sacudida por el positivismo y las corrientes anticlericales del siglo XIX, Teresa elaboró una espiritualidad profundamente contracultural. Su “teología del pequeño camino” consistía en responder al amor de Dios con sencillez y confianza, no a través de grandes gestas, sino mediante pequeños gestos y sacrificios cotidianos.

En su autobiografía, la “Historia de un alma”, dejó escrito:
“Solo hay una cosa que hacer en la tierra: lanzar a Jesús las flores de los pequeños sacrificios”.

Su fe se fortaleció en medio de incomprensiones dentro del Carmelo, enfermedades y sufrimientos que asumió como ofrenda “por las necesidades de la Iglesia” y para que la gracia alcanzara tanto a justos como a pecadores.

Misión universal y testimonio de amor

Aunque nunca salió de su convento, Teresa fue declarada patrona de las misiones. Su unión con los pecadores, los alejados, los ateos y los desesperados muestra la amplitud de su compasión. San Juan Pablo II y Benedicto XVI reconocieron en su espiritualidad la fuerza de una fe que sabe responder al amor divino incluso en la oscuridad del alma.

El 30 de septiembre de 1897, Teresa murió a los 24 años víctima de tuberculosis. Poco después, su mensaje se extendió por todo el mundo gracias a la difusión de su autobiografía, considerada un clásico de la espiritualidad cristiana.

Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925 por Pío XI, quien la llamó “la estrella de su pontificado”. Su doctrina anticipó intuiciones que luego recogería el Concilio Vaticano II, y sigue siendo un faro de esperanza para millones de creyentes.

Analía Montenegro

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