Una reina consagrada a Dios
Nacida en Coimbra en 1176, Santa Teresa de Portugal fue hija del rey Sancho I y de la reina Dulce de Aragón. Desde muy joven demostró una profunda sensibilidad espiritual, que contrastaba con el entorno político y dinástico en el que creció. Sin embargo, su destino parecía marcado por los acuerdos de la nobleza: fue casada con su primo Alfonso IX de León para consolidar una alianza.
El matrimonio, aunque fructífero en hijos, fue anulado por consanguinidad por orden papal. Lejos de asumir un papel secundario o entregarse a la melancolía, Teresa decidió reencauzar su vida hacia Dios. Fundó el Monasterio de Lorvão, que reformó para convertirlo en una comunidad femenina cisterciense, donde ingresó como religiosa y terminó siendo abadesa.
Una vida de oración, caridad y liderazgo espiritual

Desde su retiro, Santa Teresa no se aisló del mundo: se convirtió en referente de sabiduría, consejo y generosidad. Fue admirada por su capacidad de mediación en tiempos turbulentos y su entrega a los pobres y enfermos. Supo ser una monja ejemplar sin perder la impronta de liderazgo heredada de su linaje real.
Murió en olor de santidad el 17 de junio de 1250 y su culto fue aprobado oficialmente por el papa Clemente XI en 1705. Su cuerpo incorrupto fue venerado en Lorvão y luego trasladado a la iglesia de Santa Engracia en Lisboa, donde descansa como símbolo de una vida que unió la nobleza de sangre con la nobleza de espíritu.
En tiempos donde la fe suele ceder ante la ambición, la figura de Santa Teresa de Portugal nos interpela. Fue reina sin querer el poder, fue esposa sin apegarse al trono, y fue monja sin alejarse del mundo. Su vida, cruzada por el sacrificio, la renuncia y el amor al prójimo, nos recuerda que la verdadera realeza no se mide en coronas, sino en actos de santidad.
Analía Montenegro
josenizzo.info
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