En su fiesta del 24 de agosto, la Iglesia recuerda al apóstol identificado con Natanael, “israelita sin doblez”, cuyo encuentro con Jesús inspiró el célebre “ven y verás”.

Por Analía Montenegro | josenizzo.info
Los Evangelios sinópticos lo nombran Bartolomé —un apelativo de raíz aramea que significa “hijo de Tolmay” o “de Ptolomeo”—, mientras que el Evangelio de Juan lo presenta como Natanael, nombre hebreo que significa “Dios ha dado”. La tradición cristiana, desde antiguo, asimiló ambas denominaciones en una misma persona, apóstol del Señor y testigo de la Pascua.
“Ven y verás”: el encuentro que transforma
El cuarto Evangelio narra con fuerza periodística el primer contacto entre Jesús y Natanael. Felipe le anuncia haber hallado “aquel de quien escribieron Moisés y los profetas: Jesús de Nazaret”. Natanael responde con ironía: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”. La invitación de Felipe no es un alegato, sino una experiencia: “Ven, y verás”. Al acercarse, Jesús lo reconoce como un “verdadero israelita, sin engaño”, y revela haberlo visto “debajo de la higuera”, imagen que evoca al hombre que medita la Ley. La sorpresa se vuelve fe: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel”. Jesús promete más: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre” (cf. Jn 1,45-51).
De Jerusalén al Oriente: misión y martirio según la memoria cristiana
Los Hechos lo cuentan entre los Once que perseveraban en oración con María en Jerusalén tras la Ascensión (cf. Hch 1,12-14). Luego, la historia se apoya en tradiciones: predicación en regiones de Mesopotamia y hasta la India, signos que acompañan la Palabra y, finalmente, el testimonio derramado en sangre en Armenia. Allí habría anunciado el Evangelio en varias ciudades, llegando —según la memoria popular— a la conversión del rey Polimio. La reacción de los sacerdotes paganos, y la intervención de Astiages, hermano del monarca, habrían desencadenado su martirio hacia el año 68 en Albanópolis.
Reliquias y recuerdo
La devoción a San Bartolomé se consolidó en Occidente con la traslación de reliquias a Roma, tradicionalmente atribuida al emperador Otón III. La basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina custodia hoy esa memoria, convirtiéndose en un lugar de oración por los mártires de todos los tiempos.
Sentido actual: de la sospecha al testimonio
La figura de Bartolomé-Natanael interpela al creyente contemporáneo: la fe no cancela las preguntas honestas, las conduce hacia un encuentro personal. Del “¿puede salir algo bueno…?” al “tú eres el Hijo de Dios” media una decisión: acercarse y ver. En tiempos de desconfianza, su itinerario propone pasar de la crítica estéril al testimonio que transforma.
En un mundo saturado de discursos, el desafío de Bartolomé nos devuelve al origen: menos consignas y más encuentro. La verdad se reconoce cara a cara y, como entonces, sigue invitando con la misma sencillez: ven y verás.
Analía Montenegro
josenizzo.info
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