Celebrada tras la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, esta fiesta mariana invita a contemplar el amor materno de María como refugio en tiempos de prueba. Un llamado a la oración, la reparación y la confianza profunda.

Por Analía Montenegro | josenizzo.info
Una devoción que nace del amor y el dolor
La Iglesia celebra al Corazón Inmaculado de María el sábado siguiente al Sagrado Corazón de Jesús. Esta conmemoración tiene su raíz en el Evangelio, donde se menciona que María «guardaba todo en su corazón» (Lc 2,19), y se desarrolla con fuerza tras las apariciones de Fátima en 1917. Allí, la Virgen pidió la consagración de Rusia y del mundo entero a su Corazón como camino de conversión y paz.
El corazón que acoge y acompaña
A diferencia del Corazón de Jesús, que simboliza el amor redentor y sacrificado del Hijo de Dios, el Corazón de María refleja el amor materno, puro, silencioso y fiel. Un amor que acompaña al pie de la cruz, que intercede por la humanidad y que permanece abierto a todos los que buscan consuelo en medio del sufrimiento. Su inmaculada pureza no es distante, sino profundamente cercana a las heridas del mundo.
María, modelo de reparación y entrega
Esta fiesta también invita a la reparación espiritual: rezar, consagrarse, ofrecer actos de amor y servicio como respuesta al rechazo de Dios por parte de la humanidad. María no solo es modelo, sino mediadora: su corazón es un puente entre el cielo y la tierra, entre la misericordia divina y la necesidad humana.
En nuestro día a día atravesado por el conflicto, la indiferencia y el dolor, la devoción al Corazón Inmaculado de María recobra fuerza. Desde parroquias rurales hasta grandes ciudades, crece el número de fieles que rezan el Rosario diario, hacen los primeros sábados del mes y consagran sus familias a María. La consagración no es una fórmula mágica: es una entrega del corazón a quien supo amar sin condiciones.
Analía Montenegro
josenizzo.info
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