Lejos de ser solo una sensación pasajera, el estrés prolongado puede alterar múltiples sistemas del cuerpo, debilitando el sistema inmune, afectando el corazón, la digestión, la memoria y disparando enfermedades crónicas.

Por Analía Montenegro | josenizzo.info
El desgaste del cuerpo ante la tensión cotidiana
El estrés no solo nos altera mentalmente: también deja huellas profundas en la salud física. Según la Asociación Americana de Psicología, el estrés sostenido impacta el sistema musculoesquelético, respiratorio, cardiovascular, endocrino, gastrointestinal, nervioso y reproductivo. Activado por situaciones cotidianas —el trabajo, la familia o el ritmo acelerado—, este desgaste silencioso puede hacer que casi todo el organismo funcione mal.
«El estrés sostenido impacta el sistema musculoesquelético, respiratorio, cardiovascular, endocrino, gastrointestinal, nervioso y reproductivo.»
(American Psychological Association – apa.org)
Un sistema inmune en desventaja
Investigaciones muestran que, aunque el estrés agudo estimula defensas, el estrés crónico las reprime. Esto sucede vía alteraciones en células inmunitarias como linfocitos T, células natural killer y desequilibrios en citoquinas inflamatorias. El resultado no solo es una mayor susceptibilidad a infecciones, sino también a procesos autoinmunes y ciertos cánceres.
Corazón, presión y metabolismo en riesgo
El estrés persistente aumenta el cortisol y otros mediadores que elevan la presión arterial y favorecen la formación de placas en las arterias, incrementando el riesgo de infartos, AVC, obesidad y diabetes . La Clínica Mayo advierte que el exceso de cortisol interfiere con casi todos los procesos del cuerpo, desde el sueño hasta la memoria y el peso.
«El exceso de cortisol interfiere con casi todos los procesos del cuerpo, desde el sueño hasta la memoria y el metabolismo.»
(Clínica Mayo – mayoclinic.org)
Memoria y funcionamiento cerebral comprometidos
El cortisol crónico también afecta el cerebro: disminuye la capacidad del hipocampo para procesar recuerdos a largo plazo y deteriora el lóbulo prefrontal, responsable del razonamiento y la toma de decisiones. Estos cambios son claves para entender por qué el estrés prolongado deriva en déficits cognitivos, dificultades para concentrarse y estados de ansiedad o depresión.
Una red conectada de salud: eje HPA e inmunidad
El estrés activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA), elevando niveles de glucocorticoides (como el cortisol), lo que regula a la baja la inflamación… a costa de debilitar la función inmunitaria. Este mecanismo —parte de la psiconeuroinmunología— muestra cómo la mente, el cerebro y el cuerpo forman un sistema interconectado, donde el estrés mental repercute en nuestra salud física.
«El eje HPA, cuando se activa por estrés crónico, genera un estado inflamatorio sostenido que deteriora la inmunidad y favorece enfermedades sistémicas.»
(OMS – iris.who.int)
El estrés ya no es solo una expresión coloquial, sino un factor de riesgo real para nuestra salud. Si ignoramos sus señales —dolor de cabeza, presión alta, insomnio, olvido— corremos el riesgo de que ese malestar cotidiano se transforme en enfermedades crónicas. Atenderlo no es cuestión de voluntad: es una necesidad para preservar cuerpo y mente. Recuperar los tiempos de descanso, el alimento, el ejercicio, la conexión social puede ser el antídoto para esa “amenaza silenciosa” que llevamos adentro.
Analía Montenegro
josenizzo.info
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